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Bram Stocker —sí, quien creara al mítico conde libador de savia humana— fue un hombre cultivado, de altos vuelos intelectuales y estuvo muy relacionado con gente de la categoría de Yeats o Crowley. Prueba de sus dotes es este brillante ensayo sobre la impostura y sus artes, reflejadas por medio de algunos intérpretes históricos.
Habría que acotar antes el adjetivo del título, pues «famosos», estrictamente famosos, no son la mayor parte de estos personajes si los sacamos de su contexto anglosajón, a excepción de algún caso aislado como se verá más adelante.
El apartado dedicado a brujería y clarividencia, escrito con estilo vivo y dominio de la ironía, provista de esa sutilidad tan inglesa, es uno de los más disfrutables:
Es en verdad una pena que, entre la multitud que había visto al diablo entrando en la casa, no se encontrase ningún escribiente o dibujante veraz.
O esta descripción de las pruebas a las que sometían en el siglo XVII a las supuestas brujas:
La acusada era maniatada y arrojada a un recipiente lleno de agua con la profundidad necesaria. Si no se ahogaba, quedaba probada su culpabilidad y se procedía a colgarla conforme a la ley. Si no superaba la prueba, sus amigos quedaban satisfechos porque se declaraba que había muerto una inocente. En cualquier caso, la mujer ya no daba más problemas.
Como personajes particulares, e internacionalmente afamados, sobresalen los casos dedicados a los impostores que se hicieron pasar por el redivivo rey portu
gués don Sebastián y el secreto asunto de la reina inglesa Isabel I, la última Tudor, que ni se casó ni tuvo hijos. Aunque de una cosa no tiene por qué inferirse necesariamente la otra, parece ser que en esta ocasión si estuvieron ligadas soltería y falta de descendencia, pues existen insinuaciones históricas, improbadas, de que Isabel no era mujer sino varón.
En fin, todos tenemos algo de impostores; muchas veces intentamos vendernos como lo que no somos. Este Gog, mismamente, es un impostor más.
Habría que acotar antes el adjetivo del título, pues «famosos», estrictamente famosos, no son la mayor parte de estos personajes si los sacamos de su contexto anglosajón, a excepción de algún caso aislado como se verá más adelante.
El apartado dedicado a brujería y clarividencia, escrito con estilo vivo y dominio de la ironía, provista de esa sutilidad tan inglesa, es uno de los más disfrutables:
Es en verdad una pena que, entre la multitud que había visto al diablo entrando en la casa, no se encontrase ningún escribiente o dibujante veraz.
O esta descripción de las pruebas a las que sometían en el siglo XVII a las supuestas brujas:
La acusada era maniatada y arrojada a un recipiente lleno de agua con la profundidad necesaria. Si no se ahogaba, quedaba probada su culpabilidad y se procedía a colgarla conforme a la ley. Si no superaba la prueba, sus amigos quedaban satisfechos porque se declaraba que había muerto una inocente. En cualquier caso, la mujer ya no daba más problemas.
Como personajes particulares, e internacionalmente afamados, sobresalen los casos dedicados a los impostores que se hicieron pasar por el redivivo rey portu
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En fin, todos tenemos algo de impostores; muchas veces intentamos vendernos como lo que no somos. Este Gog, mismamente, es un impostor más.
2 comentarios:
Todos somos un poco impostores, y desde que existe la internet, ni te cuento!
Saludos.
Es verdad, la impostura ha encontrado su paraíso en internet.
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