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miércoles, 27 de mayo de 2015

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #17: hoy lo cuenta Álex 7iete Pulgadas

El caso es que siendo vinilómano 100% y adicto a la compra de discos, no es frecuente que compre un disco simplemente por que me guste su portada. En el 99% de los casos, los discos que compro son de grupos/canciones que me gustan o al menos conozco. Algunas veces se trata también de puro coleccionismo para completar discografías; en otras, por recomendaciones de amigos. Y sobre todo me encanta darle veinte vueltas a la carpeta buscando algún detalle que me impulse a comprarlo, bien sea por un sello que me guste, una primera referencia, una colaboración, una edición rara... pero creo que casi todos los discos que he comprado con bonita o llamativa portada los conocía de antemano. 

Sin embargo, al igual que Federica Pulla, soy adicto a las cubetas polvorientas de todo a 1 € (o 100 pts. antiguamente). Ahí es raro encontrarse discos que reúnan buenas condiciones y además sean discos predilectos míos y entonces entra otra de mis “pasiones”: mi colección de discos petardos (o bizarros, si preferís). Todo empezó hace mucho tras alguna visita a La Metralleta, de esas en la que no pescas nada y te da por mirar lo más escondido y de saldo, pensando "hoy me llevo lo que sea, no me voy a casa con las manos vacías"; es cuando apareció ante mí un single de Los Hermanos Calatrava, no recuerdo ahora mismo cuál fue el primero que compré, pero fácilmente pudo ser el La, la, la o el Aleluya. El caso es que cada portada que veía me parecía más ridícula y a la vez desternillante con lo que me aficioné a comprar sus discos y a estas alturas creo que sólo me faltan 5 o 6 singles para tener todos. Ni que decir tiene que algunas de sus canciones son míticas ya que su filosofía de hacer versiones cómicas a veces daba con originales cojonudos que ya ellos se encargaban de destrozar, si acaso. No sólo su archifamosa «Space Oddity», sino otras maravillas como «O quizá simplemente te regale una rosa» de Leonardo Favio, «Honey» de Bobby Rusell, «Aleluya» de Aute, «El chico de la harmónica» de Micky, y tantas otras. 


Hurgar entre basura me ayudó muchas veces a no irme a casa sin compra y siempre encontraba alguna portada patética que se venía conmigo, como las incalificables portadas de Emilio el Moro, Manolo Escobar (con mi favorita «Horóscopo» en gatefold sleeve), Los 3 Sudamericanos, Pablo Abraira, Las Trillizas o mi favorita e indescriptible del grupo mallorquín La Pera, compuesto por un combo que incluye tanos, afros, hippies, calós... Menudo circo. Pero seamos serios, lo que mola es que te gusten las portadas de tus grupos favoritos, y cuando yo era adolescente uno de ellos eran The Pogues. Si ya flipaba con sus canciones, cuando descubrí sus portadas, sus historias y anécdotas (gracias sobre todo al libro de Ann Scanlon) flipé. Desde su primer LP Red Roses for me (1984) en el que Andrew Ranken figura “recortado” en una esquina ya que se fue de vacaciones antes de la sesión de fotos mientras el resto posan desafiantes tras el retrato de Kennedy, y la contraportada con Shane escayolado, James Fearnley liándose un porro con su botella de whisky en el bolsillo, Cait O'Riordan con su lata de cerveza y todos orgullosos estrenando abrigo. El segundo, Rum, Sodomy and the Lash (1985), tampoco tiene desperdicio (al igual que la contra), con todos los miembros del grupo incrustados en el cuadro «La balsa de la medusa» (Le Radeau de la Méduse) de Théodore Géricault. Luego vinieron la preciosa de If I Should Fall From Grace With God (1988), la curiosa de Peace and love (1989) con su boxeador de seis dedos, o la enigmática de Hell's Ditch (1990). 

Pero probablemente mi favorita, ya que también junta su pasión por el fútbol, es su single «Jack Heroes» junto con The Dubliners en el que recrean el increíble recibimiento que recibió la selección de fútbol irlandesa tras llegar hasta cuartos de final en la Copa del Mundo de Italia 90, donde únicamente pudieron ser derrotados por los anfitriones por un mínimo 1-0. 


Y ya si nos vamos a mis favoritos del indiepop no pueden faltar los cuatro vinilos de los fabulosos James Dean Driving Experience, que rinden homenaje a otras tantas musas del celuloide como son Audrey Hepburn, Claudia Cardinale, Rita Hayworth y Sofia Loren. Perfectas. 


El mundo de las portadas de discos es una maravilla, independientemente de que luego te guste el vinilo o no, pero disfrutar de la carpeta en la mano, acercártela, darle la vuelta, ver los detalles, escudriñarla, olerla... es un placer que en mi caso supera al de disfrutar de cualquier otra obra de arte. 

Autor del texto: Álex
Blog: 7iete Pulgadas 
Twitter: @alexbummer

martes, 24 de febrero de 2015

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #16: hoy lo cuenta Dorayakis


¿Cuántas veces he comprado vinilos y CD sólo por la portada? Bastantes y más cuando vives en una pequeña ciudad y existen tres tiendas de discos, las que sueles visitar muy a menudo y buscas y rebuscas y te quedas mucho tiempo olisqueando entre cubetas. 

En el 85 sólo escuchaba tecno pop. En mi santuario estaban los discos de Depeche Mode similares y poco más, pero era tan curioso (y lo sigo siendo) que buscaba en todas las secciones; en una de ellas había una portada que me llamaba mucho la atención, pero no era capaz de asimilar o de atreverme a comprar. En esa portada salían dos chicos con unos peinados muy llamativos y con poses muy diferentes el uno del otro y unas letras grandísimas en rojo y negro que me atraían. Era el Psychocandy de The Jesus & Mary Chain.

Aquel día le eché valor y me lo llevé a casa entre entusiasmado y aterrorizado. Me encerré en mi habitación, desenfundé el vinilo y lo pinché, y mi reacción fue de horror: sonaba tan diferente a lo que yo escuchaba que tuve que quitarlo de inmediato. Tuvieron que pasar semanas o incluso meses hasta que me atreviese a volver a ponerlo, y ahora sí ya empezaban a gustarme un poco, pero no mucho; además, no pasaba de la cara A. Han pasado los años y siguen sin volverme loco, pero con la perspectiva del tiempo y una edad avanzada he vuelto a recuperar ese disco y ahora sí que aprecio su valor y todo lo que envuelve a la banda.



[Autor del texto: Dorayakis. @Dora_yakis]

martes, 23 de diciembre de 2014

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #15: hoy lo cuenta Federica Pulla


Me apasionan las tiendas de discos. Soy capaz de perderme en ellas durante horas y volver una y otra vez para rebuscar entre cajas de vinilos polvorientos. Es una de mis actividades favoritas. Cuando me siento anímicamente MAL, un templo disquero es mi tabla de salvación. No es que tenga necesidad de comprar ni nada por el estilo (la mayoría de la veces salgo con las manos vacías… pero con los dedos negros) pero hay algo especial en esos trozos de cartón con plástico negro dentro que hace que me olvide de penas y problemas. 

El punto de alegría máxima es cuando encuentras la combinación perfecta entre algo interesante que aparece de forma meramente casual y el buen precio del artefacto que acabas de localizar. En ese instante, saltan chispas en tu cabeza y el corazón se acelera. Un momento de felicidad TOTAL. Pero, tal y como dije antes, esto es algo que no ocurre siempre y que, por desgracia, cada vez sucede menos, tanto por la falta de tiendas como por la puñetera manía de los tenderos de poner precio según las burradas que ven en Internet. ¡¡¡Maldita Internet, qué buena eres para algunas cosas y qué lianta para otras!!! 

Y sí, a veces (quizá demasiadas), en un día de sequía y desesperación, he vuelto con un disco que no he escuchado en mi vida, que no tengo idea de lo que es, pero que he encontrado a un precio tan ridículo y con una portada tan llamativa que me ha invitado a adoptarlo y traerlo a nuestro hogar. 

Hace algunos años nos cambiamos de casa y, hartos del ruido, de la contaminación, de los vecinos y de la cada vez mayor hostilidad del centro de Madrid, nos vinimos a este sitio de las afueras. A los pocos meses descubrí en una galería espantosa y anodina una tienda de discos y, ¡¡cómo no!!, allí me metí. Curiosamente, tenía una sección de vinilos imposibles pero baratísimos. Me llamó la atención un grupo de ellos, que estaban escondidos en una sección de material inclasificable, que sólo costaban un euro, pero que eran dobles, con portadas impresionantes, prensaje de EEUU —vinilos duros como pizarras—, totalmente nuevos y con unos nombres alucinantes (Kaleidoscopic Keyboard, Musical Explorations in Sounds, etc.). Ni corto ni perezoso, pillé uno, para ver lo que era. Cuando lo pongo en casa, flipo con lo que sale de esos surcos. Era como encontrar la fuente donde se habían inspirado muchos de los grupos molones que reivindicaban el MOOG en aquella época. Una especie de kitsch electrónico totalmente LOCO. Me imaginaba a Broadcast y a Stereolab escuchando aquello a todas horas y pillando ideas para sus próximos discos. 


Al día siguiente volví a por unos cuantos más y seguía con los ojos a cuadros. ¿Qué era todo eso? Miraba los créditos y veía que los compositores eran (para mí en esos momentos) totalmente desconocidos: Dick Hyman, Richard Hyman, Alfred Drake, Bobby Maxwell, Robert DeCornier, etc.). ¡El Santo Grial de la música electrónica, vocal e instrumental de finales de los 60 y principios de los 70 a un euro en una tienda birriosa de una villa anodina del extrarradio de Madrid! Al final, acabé volviendo y llevándome todos los discos dobles de esa serie que estaban allí muertos de la risa desde sabe Satán cuándo. Once euros por once dobles vinilos de joyonas instrumentales y vocales preciosas pero imposibles. 


Al final no sé si hice bien o mal pero el caso es que, después de todo este tiempo, confieso que sigo rescatando de vez en cuando ese material para disfrutar de unas composiciones y adaptaciones tremendas, con un estéreo divertidísimo y con unos arreglos electrónicos realmente interesantes. El dueño de la tienda recibió posteriormente cargamentos de vinilos de gente que quería desprenderse de esas cosas redondas y pesadas que tenían en sus casas y me hice con varias maravillas más de diverso tipo, pero no tardó mucho en percatarse del MAL en forma de webs de usura y, a partir de ahí, todo se acabó. El resto es, como os imagináis, una triste historia que acaba en lugares con nombres tan populares como ebay, todocoleccion, Discogs y alguno que otro más, de esos que han roto el encanto de ir a las tiendas físicas para rebuscar entre sus cajones para hacerte feliz cuando encuentras algo bueno, bonito y barato. 

[Autor del texto: Federica Pulla. Podcast: Hablando con las paredes]

viernes, 20 de septiembre de 2013

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #14: hoy lo cuenta Juan de Ribera Berenguer


Pues lo último que me ha «bastado con la portada» es el recopilatorio de Lee Hazlewood The Lhi Years: Singles, Nudes & Backsisdes (1968-71), que actualmente es uno de los discos que preside mis estanterías. Lo editó Light In The Attic Records el año pasado a modo de introducción en el programa de reediciones que tienen previsto hacer del catálogo de Lhi, el sello fundado y dirigido por Hazlewood. Todo el mundo que me visita me pregunta por él, aunque al sector femenino no parece gustarle mucho la portada, que no tarda en calificarla de machista. No sirve de nada que les explique que creo que es una parodia del Electric Layland de Jimi Hendrix, pero no les logro convencer. También les digo que Lee Hazlewood tenía tendencia a poner bigotes a todo el mundo, empezando por él mismo y siguiendo por los niños, pero no hay manera, ellas parecen tener claro que Hazlewood es un machista de tomo y lomo.

Otros discos que tengo ahora expuestos en mi estantería son el maxi The Able Label Singles de The Go Betweens (¡está guapísima Lee Remick!), el Viens de Francoise Hardy (ella nunca falta) y los CD de The Essential de Sly & The Family Stone y Abracadadabra (un recopilatorio de él/Richmond Records con una magnífica portada futbolera). 





La sección de box sets que tengo también llama mucho la atención a las visitas, sobre todo la caja de One Kiss Can Lead To Another - Girl Group Sounds - Lost and Found. Imita las cajas en las que se guardaban los sombreros. Aquí el sector femenino cae rendido: tengo una amiga que se la compró al verla aunque tengo mis dudas de que escuche su contenido muy a menudo. 


En general las buenas portadas de los discos siempre han sido como la manzana de Adán y Eva, toda una tentación. Incluso aunque presientas que muchas veces el contenido no sea lo que el envoltorio promete. Si por mí fuera, tendría ahora todas las referencias que editaron muchos sellos discográficos únicamente por las portadas. Pero afortunadamente para mi bolsillo tengo algunos trucos para no caer en la tentación. Por ejemplo, el caso de Factory Records. Bastante material del que editaron no me gusta mucho, pero se editó un libro firmado por Mathew Robertson que recogía todas sus portadas... Así que me he ahorrado un buen pico con el libro. En cualquier caso adoro al estética de muchos sellos: Elenco, Verve, él, Les Disques du Crepuscule, Marina. Por no hablar de sellos de ahora especializados en reediciones que cuidan muchísimo las portadas y el artwork, como Numero Group o Soul Jazz. 

También tengo auténtica devoción por las portadas de las jazz vocal girls de los años 50: chicas como Betty Blake, Ethel Ennis, Meg Myles, Helen Merrill, Peggy Lee, Beverly Kenney, etc. Los discos son casi imposibles de encontrar, claro, y están fuera de precio. Los japoneses enloquecen con ellas y hacen reediciones en CD. Lo curioso es que en muchas ocasiones las chicas que salen en la portada no son ellas... Las discográficas buscaban el atractivo en imagen a toda costa y no dudaban en contratar modelos. Y aquí las contraportadas también son una delicia porque incluían textos de reputados críticos. Y muchos vivían de ello. Era todo un arte que lamentablemente se fue perdiendo, aunque hoy todavía hay grupos como Saint Etienne que siempre incluyen textos de sus críticos/escritores favoritos como en el Foxbase Alpha que escribió Jon Savage ("Stay busy, out of phase, in love"). 


También tengo que mencionar a un buen montón de ilustradores que hacen portadas de discos, como por ejemplo Frances Castle (Clay Pipe Records), María Castelló (los singles de Jabalina Love Songs), Wendy Smith (¡¡¡¡La Varieté!!!! y la saga de los Young Marble Giants), lo que ha hecho Jean Duprez para el In Space de los BMX Bandits, Javier Aramburu o el trabajo de Aggi para The Pastels, de la que tengo grabada en mi memoria el recuerdo de ella en uno de los primeros FIB en el backstage, donde todo el mundo estaba dedicado en cuerpo y al alma al hedonismo y ella estaba en un rincón en el suelo absorta dibujando con sus pinturas en un cuaderno. 

De todas maneras estoy pensando que todo esto de las portadas de discos suena ya a reliquia y que este tag en el blog de Gog es una batalla perdida, aunque siempre nos quedará el romanticismo. Vivimos en la época de las descargas y del desapego al material físico. Una vez leí a Bob Stanley (de Saint Etienne) decir que los mp3 eran aire y tiene toda la razón, pero lo curioso es que incluso cuando escucho una canción o un disco en descarga, necesito una referencia visual aunque sea mental. Igual es algo exclusivo mío y que estoy demasiado acostumbrado a las portadas, pero la portada es lo primero que busco en la web cuando me descargo algo. Ahora estoy escuchando el single de The Clouds "Tranquil" y es el disco que probablemente tiene la peor portada de la historia, pero me sirve... 


[Autor del texto: Juan de Ribera Berenguer, de http://lavarieteradio.tumblr.com/]

viernes, 2 de noviembre de 2012

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #13: hoy lo cuenta Luis (SurfinLou)


Cuando diferentes personas ya han escrito mucho y bien sobre el mismo tema, si le toca a uno volverlo a explorar conviene no repetirse. Así que como creo que lo que Gog pretende transmitir con estas colaboraciones solicitadas es no tanto loar grandes discos como recordar que hubo un tiempo (n. del a.: mejor) en que sus portadas asumían una trascendencia muy superior a la misión meramente estética actual, me propongo —confirmándolo, por supuesto— dar cuenta de que tal fase histórica comportó también lastimosas consecuencias negativas. 

Y por eso tardé tanto en conocer a Theo Hakola.

Y es que, díganme Vdes., en 1982, tiempos de sofisticados neo-románticos, elegantes y vanguardistas synth-poperos y gélidos y distantes after-punks... ¿quién coño iba a mirarse dos veces esa mierda de portada? Bien, pues yo. Yo la miré. Pero sólo una vez y no supe ver lo que había detrás. Sólo vi una foto virada a naranja-atardecer-revolucionario, que presentaba una formación musical con reminiscencias estéticas de lo que en mi ingenuidad me parecía banda popular de país del Este de mediados de siglo, presidida por... un acordeón. Un acordeón, sí. Justo más o menos cuando lo cool, para los que no éramos jevis era la música fría, sintetizada, industrial y deshumanizada. Y por ello moderna y futurista. O en su defecto el siempre introspectivo after-punk, capaz de reconciliarle a uno con todos sus problemas, fueran cuales fueran (era tan sólo cuestión de reconocer que eras un tipo torturado y que nadie te entendía, como Ian Curtis, Steve Kilbey o Adrian Borland; mucho más barato que un psicólogo infantil, dónde vas a parar). Pues eso, que un tipo enrrollado no iba a comprarse un disco en el que saliera un acordeón. ¿Es que me iba a volver tuno o algo? 

En fin, lo dicho, que la portada me disgustó profundamente y no supe intuir, cuando me di de bruces con ese disco (que aún recuerdo dónde fue), lo que pudiera tener de pista de lo que había dentro. Ni —en el caso de que entonces supiera ya quién era, que no lo tengo nada claro— acerté a leer la parte de los créditos que ponía «Produced by Martin Hannet». Eso hubiera ayudado, oh, gran señor de las texturas primi-ochenteras. Así que, si como decía por aquellos tiempos (en pareado que ha perdurado hasta hoy en mi pequeño mundo) un entonces amigo mío, él compraba los discos «más que nada, por la portada», yo prescindí de ese principalmente por la misma razón. Y años después me di cuenta de mi tremendo error. Porque, sin ser ni de lejos el mejor disco de post-punk de la historia, si es de los más ingenua y particularmente personales. Y a la vez eclécticamente compulsivo. Para etiquetadores impenitentes, quitémonos ya de encima la obligación descriptiva, que pasaría por una onda Wire y adláteres, con algo de Joy Division, Gang Of Four, ritmos poco habituales, postales radicales de visionario expatriado y demás blablablá de crítico musical. Sí, incluidas las guitarras afiladas y/o cortantes. 

 Y —ya bien etiquetado— pasemos a lo que íbamos; que un tiempo después, con bastantes más años y tecnología a cuestas y por tanto mayor información en la cabeza y al alcance de la mano, hallábame yo en el doloroso y oneroso proceso de recuperar y reconstruir una gran parte de mi colección de vinilos de los 80. La había vendido a finales de década por mi penuria económica post-adolescente y credibilidad absurda en el advenimiento del compact disc. Y entonces fue cuando me lo volví a tropezar. Esta vez ya no se me escapó, aunque seguía sin haberlo escuchado. Y al hacerlo caí en la cuenta de que, cuando creía que «Missiles» de The Sound era la única canción del post-punk que había reflejado hasta el fondo la patada en los cojones que suponía la tensión psicológica y física y la frustración de unos años mucho más oscuros para una generación de lo que los recordamos ahora, estaba equivocado. Porque dentro de Yellow laughter (RCA, 1982) venía «Soon come violence». Y aunque ya no estábamos en los 80, los tenía suficientemente frescos para que aún se me pusieran algunos pelos de punta. 



Además, resulta que donde yo había visto la foto de una banda verbenera lo que había eran unos jóvenes combatientes cantando La Internacional (que en la primera mitad del siglo XX tenía un valor, creánlo) y que Orquesta Roja era el nombre dado por los nazis a una organización clandestina de la resistencia diseminada por toda Europa. Y que tras la banda estaba un americano de Spokane de raíces finlandesas y suecas, residente en Francia después de haber sido sindicalista mientras trabajaba montando ojos de muñecas de juguete en Barcelona, licenciado en Ciencias Políticas, que había descubierto tarde el rock a través de los Clash... y que ni siquiera era muy joven. Iba ya por los 25, así que el nervio y la tensión presentes en canciones como «Soon come violence» o «Je cherche une drogue (qui ne fait pas mal)» ni siquiera derivaban de su rabia adolescente, sino de haber llegado tarde. Y de que Theo Hakola era justo eso, nervioso y tenso. Era, es, uno de esos personajes inquietos y fantásticos —de los que algunos dan en llamar francotiradores— cuya trayectoria multi-artística nunca alcanza a romper del todo pese a su variedad, continuidad y talento. Novela, teatro, música, performance... Un personaje. Este fue su primer grupo. Después vino Passion Fodder y muchas cosas más. Pero diría que nunca más esa crispada tensión. 

¿Haber entendido eso en su día hubiera cambiado mi opinión sobre la compra del disco? Pues no necesariamente, la portada seguía siendo igual de fea y las tentaciones en que gastar el dinero disponible muchas. Pero al menos la de la foto no era una banda de verbena y le habría dado un par más de vueltas a la carpeta antes de despreciarlo tan olímpicamente. Que las pretensiones intelectuales eran casi tan importantes como las estéticas, en aquellos añorados años de descubrimiento. Ahora esas cuestiones me preocupan ya menos. Aunque, insólitamente, sigo comprando discos a ciegas, me da más igual darme el lujo de despreciar por prejuicio estético y perderme algo «imprescindible». Hay tanta música... Pero la adolescencia era otra cosa, y por siempre me quedará la espinita de no haberme podido deprimir a gusto y autocompadecerme a discreción con la banda sonora de Yellow laughter cuando tenía la edad para ello. 

Culpa de la portada, vean si tenían importancia. 


Y ya para acabar, si se me permite, me atrevo a añadir algunas notas complementarias diversas al pie, visto todo ya desde bien entrado el siglo XXI: 

1. Y luego resultó que encima eran arties, experimentales y cool. Hubiera quedado como un rey ante mis amigos. 
2. Me repateó el acordeón... y no tanto después iba a estar botando como un saltamontes espídico con los Pogues. Coherencia post-teen donde las haya. 
3. Si hubiera enfocado este texto desde el punto de vista más normal de «mi portada favorita» o «la portada que más recuerdo», probablemente hubiera hablado del maxi americano de Atmosphere de Joy Division (esa nieve...), de Architecture & morality de OMD (esa geometría racionalista tan vanguardista entonces), de Heaven up here de Echo & the Bunnymen (esas portadas paisajísticas fotográficas, mis favoritas sin duda alguna), de Non-stop erotic cabaret de Soft Cell (ese submundo pringoso entonces sólo intuido, poco después deseado y algo más después experimentado) o de From the lions’ mouth, de The Sound, que es fea y descontextualizada de cojones (aunque no poco cool, que era lo grave...) pero significó mucho para mí. 
4. Y aunque no soy nada fan, hubiera tenido que reconocer que el artefacto discográfico más bonito de la historia, por lo que se refiere al contenido, es sin duda Tusk, de Fleetwood Mac. Claro que a ver quién pagaba hoy día cuatro carpetas superpuestas... 
5. Seamos sinceros del todo; los prejuicios no son tan malos. Ese del acordeón me perjudicó entonces, pero es el mismo que décadas después ha preservado mi salud y me ha permitido quedar a salvo e impertérrito ante la invasión de Manu Chao y sus herederos macaquistas. 
6. Recomiendo fervientemente una inmersión en la nueva ola y el after-punk franceses. No son muy conocidos, pero hubo grupos y discos muy interesantes. 
7. Gracias por leer hasta aquí, que se dice en los anuncios de venta en internet.

[Autor del texto: Luis (SurfinLou)]

miércoles, 17 de octubre de 2012

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #12: hoy lo cuenta Javi Abad



Supongo que ganaría puntos de autenticidad diciendo que descubrí a los Go-Betweens en el 78, cuando desde su Australia natal dejaban para la posteridad aquella mítica “Lee Remick”, o en 1980, cuando nos decían que necesitaban dos cabezas desde el mítico sello Postcard. Incluso podría decir que llegué a ellos en el 83, con su primer (menor, como siempre) éxito, “Cattle and Cane”. O que enamoré a alguna Molly Ringwald local grabándole una cinta con “Bachelor kisses”… Pero no, todo eso vino después. 

Lo cierto es que descubrí a los Go-Betweens con el que sería el último disco de la primera etapa del grupo, el sexto en su carrera, este 16 Lovers Lane (Beggars Banquet) de 1988. Y lo hice como se hacían estas cosas en los 80: escuchando el single por la radio. El single era “Streets of Your Town”, claro, la canción que cambió mi vida. Pero esto iba de portadas así que a ello voy. 

Uno en los 80 seguía las siguientes fases: escucha de la canción en la radio, enamoramiento irrefrenable de la misma, carrera a la tienda de discos, dar el coñazo al tendero hasta que traía el disco (si tenía edición española, como era el caso, tenías suerte), pasar todos los días a ver el disco, olerlo, esconderlo detrás de discos infumables para que nadie lo viera, ahorrar y finalmente comprarlo. No voy ahora a reflexionar sobre el estado de las cosas, hoy con un click habría superado todas las fases anteriores, pero no sería más feliz. 

Lo cierto es que la portada del disco me impactó, sí. Los cinco miembros de la banda por entonces (Grant, Robert, Amanda Brown, Lindy Morrison y John Willsteed) aparecían en diversas posiciones de la carpeta, separados, sin cruzarse las miradas, todo lo contrario a un grupo unido. No era fácil en aquel entonces tener información sobre tus grupos favoritos por lo que tardé años en saber los motivos. El grupo estaba a punto de romperse en mil pedazos, Grant acababa de romper con Amanda, Robert y Lindy también, los egos de Robert y Grant chocaban con frecuencia. Una explosión de sentimientos y talento que curiosamente les hizo dar lo mejor de sí mismos a nivel compositivo. Las canciones de un Grant siempre tocado por la varita mágica de la melodía perfecta encuentran en este disco la réplica inapelable de un Robert demostrando que él también sabía tocar el cielo del pop. La melancolía siempre presente, siempre a punto de romperte en mil pedazos, pero magistralmente llevada hasta el límite de la tristeza que una canción pop debe invocar, siempre equilibrados. Canciones que puedes cantar en la ducha o corear en un bar, pero con las que también puedes llorar. 

La portada, curiosamente, la hizo el quinto en discordia, el bajista John Willsteed, que debía asistir como espectador privilegiado a unas escenas impagables de tensión e inspiración, plasmando todo ello en un diseño perfecto. A los pocos meses se separaron dejándonos huérfanos de su magia hasta su vuelta años después, pero esa ya es otra historia, y tiene un final tan horrible que no me apetece ni recordar. 

Como ellos mismos cantaban cerrando el disco: “Deep down I'm lonely, and I miss my friend”. Te echamos de menos Grant, amigo. 

[Autor del texto: Javier Abad. Su Twitter. Lleva el sello discográfico Pretty Olivia Records]

martes, 22 de noviembre de 2011

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #11: hoy lo cuenta Polidori

La historia de una portada me manda hacer Gog que en mi vida me he visto en tanto aprieto.

Una entre decenas de miles. Menuda elección. ¿A qué apelar, al sentimentalismo, a la importancia histórica, a su calidad artística? Son muchos años de ver portadas, de manejarlas, de manosearlas para decidirse por una sola. Si al menos fuesen diez, o veinte. Cabrían entonces portadas sublimes, portadas cargadas de emociones y recuerdos. Pero sólo puede quedar una, cual highlander mandoble en manos.

Tendré entonces que descartar los paisajes oníricos de Echo & the Bunnymen, el Avalon de Roxy Music, aquella cessepeada portada de Golpes Bajos, el escorzo del Deep de Peter Murphy, la bolchevique Construction Time Again de Depeche Mode, los ídolos cinematográficos de The Smiths (y su legado en Belle & Sebastian), la motera Steve McQueen de Prefab Sprout, la rotundidad del One True Passion de Revenge, el chandaleo arreglao pero informal del Walking Wounded de Everything but The Girl, las trendies (así, en general) de Björk, la neoyorquina (lástima del Loriga) Foreign Land de la Rosenvinge, la roja pasión de To bring you my love de P.J. Harvey, o por qué no esa oda a la maternidad del Simple Pleasure de Tindersticks. Tantas y tantas inolvidables...

Son muchas las portadas con historia, y muchas las historias sobre portadas. Como aquella en la que mi hermano, el que fuera mi “líder espiritual” (todos tenemos alguno) y experto en el arte de comprar discos por sus portadas, consiguió que el huraño encargado de La Metralleta (para los profanos, una tienducha de discos de segunda mano a la que acudíamos todos los compradores compulsivos de discos de parco bolsillo, incluido un tal Paco Clavel) se tragara que un vinilo con una sugerente rubia de aspecto sofisticado (y de cuyo nombre no puedo acordarme) era en realidad un disco de la novia de Elvis Costello, con el que, sin por supuesto serlo, consiguió un ventajoso trueque por un plástico sin duda más valioso.

Pero Gog quiere que cuente la historia de una sola portada muy especial para el que suscribe, así que habrá que afinar y pensar en aquellas que han marcado mi trayectoria como aficionado enfermo de música. Y si hay un momento y un lugar que han hecho de mí el melómano que soy, ése no puede ser otro que el Manchester (Madchester) de finales de los setenta y principios de los ochenta; y más en concreto una banda que marcó definitivamente mi paso de la despreocupada e inocente infancia a la atormentada adolescencia: nada más y nada menos que Joy Division.

Todo comenzó con un viejo número (cuántas veces me he arrepentido de no haberlo conservado) de una magnífica revista de la época, Sur ExpreS, en la que se publicó, allá por mediados de los ochenta, un especial sobre lo que vino en llamarse “neorromanticismo”, y cuya mirada se adentraba desde los albores del movimiento romántico del XVIII y XIX (el de verdad) hasta los rostros de líderes de bandas de polvos blancos en la cara y pelos lacios tan del gusto del momento, sublimados en el que sería uno de mis artistas favoritos de todos los tiempos, David Sylvian, el conspicuo y atildado frontman de Japan.

Dentro de la vorágine de nombres y pelos encrespados aparecía, de forma sucinta, la historia del mártir por excelencia del “movimiento”, aquel Ian Curtis que lideró la desaparecida Joy Division, y que se suicidó por una mezcla de hastío vital, desequilibrio emocional, empanada sentimental y hartazgo en su condición de epiléptico. Y para ilustrar su historia aparecía, en todo su esplendor, la portada de un maxisingle (qué arcaico queda ya esto) con un ángel recostado y exangüe en blanco y negro, sobre fondo negro infernal y unas rotundas letras mayúsculas blancas, enmarcado todo en un discreto cuadrado también blanco. El título, uno de los más espléndidos que para una vibrante a la par que dolorosa canción de desamor se haya escrito jamás: “Love will tear us apart”. Ese vinilo, esa portada, fue mucho más que una portada para mí. Llegué a fotocopiarla para forrar con ella la carpeta que osé llevar, como un estandarte, durante los primeros años de mi aventura universitaria. Fue, además, un disco difícil de conseguir, un pequeño trofeo que guardé con esmero; uno de esos discos “de importación”, con lo que eso conllevaba. La imagen en sí, elegante, sobria y discreta, ofrecía un verdadero contraste con el brillo sonoro del tema, que camuflaba una letra cuya intensidad era la habitual en las composiciones de los Joy. La portada original de la época, aún en vida de Curtis, era un simple cartón de color hueso con el nombre de la canción y el número de serie del sello Factory (“A Factory Record- Fac 23”) en una discreta tipografía mecanografiada.

La “internacional”, que es la que nos ocupa, salió mucho más tarde, evidentemente bajo la influencia de la ola hagiográfica posterior a su muerte. Así, era más pertinente darle al disco un motivo más fúnebre, y de ahí la portada, que tiene mucho que ver con la celebérrima Closer, el elepé póstumo del grupo, en la que aparecía un pétreo cortejo fúnebre que parecía acompañar al difunto Ian, recientemente desaparecido.

Nunca supe si mi afición por los cementerios vino por esa portada, así como esa querencia por la asfixia existencialista del bueno de Curtis, pero sé que esa imagen pesó tanto o más en mi ánimo que la espléndida y tantas veces traída y llevada canción. Todavía hoy me sigue llamando la atención cuando repaso mi viniloteca, o cuando la veo impresa en camisetas en algún concierto de esos que me retrotraen a aquellos otros de antaño.

Tanta y tanta música, querido Gog.


Joy Division - Love Will Tear Us Apart por hushhush112

[Autor del texto: Polidori]

martes, 25 de octubre de 2011

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #10: hoy lo cuenta Miss Amanda Jones

Nunca me ha gustado mucho el rollo romántico, o mejor dicho lo que se supone que tiene que ser «romántico»: toda esa historia de cenas con velas, regalos de joyas e irte sola con tu pareja a pasar el fin de semana en el medio de la nada. De verdad, no puedo, todo eso me resulta un coñazo. Para que os hagáis una idea de cómo funciono, la mejor primera cita que recuerdo consistió en ir a comprar un tapón para un fregadero y después pasar la tarde sentados al sol en la acera de un bar, porque dentro ya no cabía más gente, hablando de biología y cantando canciones de los Sex Pistols y de Leonardo Dantés. Así que debe de ser por eso también que el regalo «de chicos» que recuerdo con más cariño y que más ilusión me hizo fue, hace ya unos cuantos cumpleaños, una camiseta del bar en el que trabajaba mi susodicho de entonces, más una copia del Ziggy Stardust en un CD regrabable, eso sí, una copia currada, con su CD decorado y su portada fotocopiada en color por ambos lados y todo. Esa fue la primera vez que la vi.

Probablemente no había escuchado nada de David Bowie, al menos a conciencia, hasta cinco o seis años antes; entonces decidí que David Bowie me gustaba, así en general pero sin profundizar, al estilo de la mayoría de gente que te dice que le gustan Elvis o los Beatles, porque resulta que a todo el mundo le gustan aunque luego no tengan ni un disco suyo ni pasen del «Love me tender» y del «Yellow submarine». Pues de la misma manera decidí yo que me gustaba Bowie: sus canciones más míticas sonaban bien por la radio y en casas ajenas, y con eso era suficiente.

Pero con aquella copia del Ziggy Stardust empecé a escucharlo como Dios manda, a conseguir sus discos uno detrás de otro, a comprármelos en vinilo, a flipar con sus letras, a descubrir sus versiones, a criticarlo si la situación lo requería.

Años después vine a vivir a Inglaterra y, no recuerdo muy bien cómo, di en internet con la calle que sale en la portada del Ziggy Stardust. Resultó ser real y no un decorado: está en Londres, se llama Heddon Street y es una perpendicular a Regent Street, del lado izquierdo si vas subiendo de Piccadilly a Oxford Street, a la altura de Carnaby pero del otro lado. Cuando fui a buscarla me encontré con que todo el pijerío de Londres está allí con sus modelazos de viernes por la tarde bebiendo cócteles. Camisas abiertas, sonrisas profidén descorbatadas, sesiones de solarium, tacones de diez centímetros, lentillas azules, Ricky Martin cantando en inglés, terrazas con sofás, brocados, antorchas. Hasta el famoso Ice Bar del que hablan en la sección de «lugares que no te puedes perder en Londres» de la Telva, ese que dentro está a veinte bajo cero y al que no sé qué gracia le ven, está en esa calle; la típica zona de treintañeros y cuarentañeros estupendos que hay en los centros de todas las ciudades. Ahí se hizo la foto de la portada, hace casi cuarenta años, cuando muchos de los que ahora se toman allí las copas aún no habían nacido y aquello sólo era un callejón trasero con mala pinta.

Y al fondo del callejón, tras atravesar dos terrazas, la segunda con dificultades y salvando todo tipo de obstáculos (taconazos que amenazan con clavarte al suelo, mesas de diseño chungo que se tambalean a tu paso, cócteles de quince libras…), y bajo la mirada extrañada de un par de seguratas con pinganillo, está la cabina de la contraportada. O mejor dicho, el sitio en el que estaba la cabina por la que un flipado pagó un pastón en una subasta y que fue sustituida por otra. Ni siquiera dejan estar las pintadas de los fans en la pared; periódicamente se cubren con pintura gris. No quedan bien en una calle con tanto nivel.

La única referencia que pude ver la última vez que estuve allí, no hace mucho, ya que forma parte de la ruta turística por Londres que hago con mis visitas, fue la frase «Ziggy played guitar», escrita tímidamente con boli azul y letra pequeñísima sobre una pegatina publicitaria que había pegada en el teléfono.

Y además, había alguien tirado en el suelo de la cabina, dentro de un saco de dormir.

[Autora del texto: Miss Amanda Jones]

domingo, 27 de febrero de 2011

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #9: hoy lo cuenta Guillermo

Únicamente había leído algunas cosas sueltas y de pasada acerca del trompetista Herb Albert, sobre sus piezas instrumentales y también que fue de los primeros en introducir el toque latino al otro lado de la frontera entre Estados Unidos y México, pero nunca había escuchado nada de aquello, o si lo había hecho, nunca fue conscientemente y, desde luego, no hubiera podido identificarlo de sonar en alguna parte.

Hará unos diez de años (más o menos, pero era comienzo de siglo, el dos mil y muy poco, eso seguro), llenándome de polvo los dedos una tarde que llovía a mares en una tienda de discos de lo menos quinta mano, me encontré ante la portada de Whipped Cream & Other Delight (A&M, 1965). Supe inmediatamente que me iba a llevar ese disco encontrara lo que encontrara después en el resto de cubetas. No sabía qué música habría dentro ni me importaba. Esa chica vestida como una novia pero con un traje esculpido de nata y el sabor añejo de los rótulos me fascinaron. El diseño de las letras y la fotografía consigue un conjunto en perfecto equilibrio. Y la mirada pícara de la chica pedía a gritos que la llevara conmigo.

Después de comprar el disco, me interesé más por el autor. Era de Los Angeles, colaboró en la composición de algún tema de Sam Cooke, fundó la disquera A&M y que un buen día, en una corrida de toros en Tijuana, oyó a una banda de mariachis, lo cual resultó ser una de sus mayores inspiraciones. La Tijuana Brass, que así llamó a la banda, grabó discos de enorme éxito en su época. Hoy ese sonido suena a guateque antiguo. El disco casi no lo pongo, además «Ladyfingers» está rayada. Pero lo tengo colocado encima de los otros vinilos, con la carátula presidiendo la habitación. Si algún amigo se fija en él y me pregunta de qué va, le pincho «Bittersweet Samba» y quedo como un sabio superfreak cuando comento que es un antecedente de Love. Lo que no les digo es que me lo compré por la portada.

[Autor del texto: Guillermo]

jueves, 10 de febrero de 2011

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #8: hoy lo cuenta Viceflai

Cuando uno le promete a un amigo que hará algo que le ha pedido, nunca sabe uno cuándo va a encontrar el tiempo necesario, entre tantos de esos compromisos inútiles que se tienen de adulto, para cumplir con la promesa hecha. Y hete aquí que un cúmulo de circunstancias inesperadas me van a permitir hoy poder cumplir el adquirido con nuestro querido Gog, debido a una dura noche en la que combato a un enemigo muy conocido por él, pero muy desacostumbrado para mí: el insomnio. Bien es cierto que se trata de algo concreto (puntual que dicen los petulantes galicistas), y que, además, se trata de una espera insomne ilusionante, ante la avidez por recibir una llamada desde el otro lado del Atlántico que te indique que tu hermana ha traído a tu primer sobrino al mundo. La espera del anuncio de la vida me mantiene, pues, en inusitada vigilia. En un intento por vencerla, me he puesto a leer noticias de un periódico, con la esperanza de que la sarta de mentiras y gilipolleces acostumbrada acabase por depositar a Morfeo en mis despejadas sienes. Ahí me he topado con otra noticia, esta vez no de vida, sino de muerte: la de Gary Moore. Obviamente, la chispa ha saltado a mi memoria: yo me compré un disco suyo por su portada, y una portada que satisfará doblemente a Gog, pues servirá al tiempo para darle lustre a la etiqueta bloguera de "Discos con portada de discos."

Still Got The Blues representa el momento más interesante de la carrera de Gary Moore. En 1990 decidió cortarse las melenas jevilongas (matar al padre, que diría Gog) y volver a los orígenes tanto de sus inicios musicales como (mal que les pese a sus más descerebrados seguidores) al mismo lugar de nacimiento de la música idolatrada por su antaño tropela de groupies metálicos: el blues. El tiro le salió por la culata: los jevilongos, cual Chonis aficionadas del Liverpool (cabreadas porque su Niñio se ha ido con la Chelsi), pasaron a renegar de él, mientras que los estirados señoritingos serios del blues (que ya eran gafapastas sin saberlo) lo consideraron un aprovechado más. Bueno, es debatible, supongo. Pero lo que es irrefutable es que Still Got The Blues es un discazo de los que deberían haber marcado una época, y que fue tristemente engullido entre estos dimes y diretes. Y no lo merece: desde la impecable "Moving On" inicial hasta los más famosos cortes, como el homónimo título del álbum hasta el brutal y feroz "Walking by my side", es imposible escucharlo sin emocionarse, con el aditamento de tener la mejor versión (os reto a que me encontréis una mejor) del inigualable "Midnight Blues", en la que el propio Moore, casi como advertencia, nos sacude antes del riff final con un exquisito "Excuse me". Es decir: perdonadme todos, pero voy a hacer lo que me salga del horcate con mi música, os pongáis como os pongáis.

A mí me bastó la portada para comprármelo. Y es que no tiene desperdicio. Ese niño pera británico, peinado sin saberlo como Justin Bieber, que se nos presenta enganchado a la sempiterna Gibson Les Paul (aunque yo siempre fui más de Fender, la elegante Telecaster en concreto, que es la del Boss), mientras que trata de hacer lo que yo mismo, y centenares de críos pera idénticos, tratábamos de hacer en nuestras habitaciones: imitar el guitarreo de nuestros ídolos. Porque sí, vale que teníamos pósteres de tías en tetas en nuestra guarida, como las de la portada del disco. Pero nos importaba mucho más Hendrix (la portada es de The Ultimate Experience), y, sobre todo, hubiéramos vendido nuestro alma al diablo por saber tocar la guitarra como él. O por aproximarnos un poco a cualquier ritmo de otro de los discos que, entre alguno de Fleetwood Mac (donde tocaba el ídolo de Moore, Peter Greenwood) cuyo título ahora no recuerdo, se atisba en la habitación: el no menos espectacular disco de los Bluesbreakers de John Mayall, con Mano Lenta todavía en la formación antes de comenzar su cremoso proyecto con Bruce y a Baker... con quienes Moore (llamados así, BBM) grabaría en 1994 otro disco delicioso, el Around the Next Dream... En fin, mejor lo dejo: se trata de dormirme yo, no de dormíos al resto.

Por si acaso alguien albergaba dudas para comprarlo al ver la portada, más razones en la contraportada: el propio Moore, esta vez en foto a color, en otra habitación, con la misma guitarra y pose que el niño pera británico, tratando de conseguir los acordes de un blues. Cuántas tardes enteras en la habitación del piso mostoleño de mis padres, tratando de hacer exactamente lo mismo...

Si todavía no lo has escuchado, hazte un favor a ti mismo, deja de hacer el moñas en spotify y póntelo. Lo vas a disfrutar. Vaya mi cariñoso recuerdo por ti, tío Gary, sobre todo en memoria de aquel conciertazo en el Fillmore de San Francisco hace unos cinco o seis años, cuando nada haría presagiar el triste desenlace. Y mi mejor bienvenida a ti, sobrinillo. Mira que si me sale guitarrero...

[Autor del texto: Viceflai]

domingo, 19 de diciembre de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #7: hoy lo cuenta JAC

Me enganchó a la primera en una de las rarísimas ocasiones de estos últimos años en las que me concedí a mí mismo perderme, sin prisa y sin rumbo fijo, por esa República Independiente de la modernez barcelonesa que forman el CCCB y sus calles adyacentes. Creo recordar que lo compré en una de las minúsculas disquerías de la calle Riera Baixa (ni del nombre me acuerdo…), sin saber quiénes eran ni de qué palo iban. Me bastó con pararme sobre la llamativa foto de la portada: una especie de paseo perdido de la mano de Dios, al lado de una vía de tren y lo que parece ser una estación vieja y destartalada junto a un aparcamiento. La luz sepia de un instante fugaz que lo mismo podría ser del amanecer que del atardecer y los escuetos nombres rotulados del grupo y del disco. Un conjunto que te deja una sensación extraña y ambivalente, como de tristeza y nostalgia mezclada con la excitación de perderse por recovecos que no conoces. Naturaliste (LLR, 2003), de The Lucksmiths.

Es de esas veces en que la portada simboliza y anticipa lo que te vas a encontrar al echártelo a las orejas: canciones pop sencillas y directas, de factura impecable y hondura emocional. De referencias tan inmediatas que tienes la sensación de haberlas escuchado antes un millón de veces, pero que al mismo tiempo rezuman frescura y personalidad. De unos tipos que juegan en la liga australiana y deben ser ahijados de The Go-Betweens y primos hermanos de Belle and Sebastian, con un cantante que entona como Roddy Frame (Aztec Camera), Michael Head (The Pale Fountains), Paul Heaton (The Housemartins), Steven Page (Barenaked Ladies) y tantos otros de mis héroes de la cosa tierna. Y que homenajean hasta en el nombre a The Smiths, a cuyo estilo le dan la vuelta como a un calcetín: cantar cosas tristes sonando alegres.

Sin embargo, no les hice demasiado caso. Me limité a pasarme al móvil esa delicia titulada «Camera shy» y a sonreír con esa broma al clásico de Morrissey y Marr que titularon «There is a boy that never goes out». Y me olvidé ipsofactamente de ellos.

Si los hubiese descubierto en 1993 ni siquiera me hubiera hecho falta escucharlos en la BBC ni mercarme su discografía en algún mercadillo de Camden Town, como Ticket Loser con Stereolab. Con leer alguna reseña de mis pedantes preferidos del Rockdelux y darme una vuelta por Discos Del Sur me habría puesto rápidamente al día. Los habría evaluado en directo en sus primeras visitas, me hubiera regocijado con eso tan curioso de que Tail White canta de pie y aporrea la batería al mismo tiempo, habría sabido que no sólo bromearon con «There is a light that never goes out», sino que también firmaron la mejor versión que se ha hecho jamás de esa maravillosa canción, y les habría seguido en su crecimiento hasta el grandioso «Warmer corners».

Pero era 2003. La edad, el vivir en Barcelona y no en Madrid, el aburguesamiento, el viajar mucho y el ir a conciertos poco, vaya usted a saber… Lo cierto es que los redescubrí demasiado tarde. Justo cuando se separaban.

Y es que, amigo Gog, cuánta razón tienes: hubo un tiempo en que bastaba con una portada. Lo hubo. Pero a mí esta vez no me bastó.

[Autor del texto: Jose Antonio Casla]

martes, 16 de noviembre de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #6: hoy lo cuenta Ticket Loser

Diciembre de 1993, apartamento en Kensington de mi querido amigo Jeremy, que por fin tiene televisión. En uno de esos magníficos programas musicales de la BBC aparece un grupo formado por un baterista, un bajista, una guitarrista rubia, un teclista, otro guitarrista y una cantante desgarbada con un inglés un poco raro. Hasta aquí todo normal, un grupo indie, británicos con pinta de escoceses o hasta continentales, con dos chicas (siempre era, es y será un plus), más bien estáticos, pero con un estilazo insuperable. No conseguí enterarme de quienes eran, pero me fui a la calle con su melodía adictiva, sus ritmos repetitivos y sus adorables coros en la cabeza. Había escuchado por primera vez a Stereolab.

Días más tarde en Candem, mientras miraba cassettes piratas de sonido terrible, topé con ELLA: una aguja a punto de caer sobre el vinilo, en amarillo y morado, y el nombre del grupo impreso sobre el plato. ¿Era y es correcta la traducción del título en mi escuálido inglés? Ráfagas transitorias de ruido al azar con anuncios, ahí es nada. ¿El sonido? Estaban Kraftwerk, The Velvet Undergound, Spiritualized, la C-86, My Bloody Valentine, Suicide, Simple Minds (Empires & Dance o Sons & Fascination, no las mierdas posteriores) y hasta el Bowie berlinés, pero también las chanteuses francesas de los 60, y Os Mutantes, y Tom Zé, y por supuesto mis adorados Tom Jobim y João Gilberto. Al día siguiente en una tienda del centro cayeron Peng y Switched on.

A partir de ese día me enteré que la Sadier era francesa, y que a veces también cantaba en su idioma (minipunto), que los preciosos contrapuntos vocales eran obra de la australiana Mary Hansen (minipunto), de sus influencias situacionistas y marxistas (minipunto), su pasión por el retrofuturismo y los instrumentos analógicos, o la conexión McCarthy (minipunto). Además he tenido el placer de vivir algunos de sus magníficos y eufóricos directos en diversos lugares y variada pero estupenda compañía.

Sólo me queda jurar sobre el Libro de Apolonio que jamás había oído hablar de ellos, pero ese día fue el comienzo de una profunda admiración que todavía hoy continúa. Transient random-noise… nunca ha sido mi disco favorito de Los Fabulosos Reyes del Bucle, pero sí fue el primero.

[Autor del texto: Ticket Loser]

jueves, 4 de noviembre de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada: hoy lo cuenta Olvido Rellanos

De casualidades

Veo en este blog la portada del último disco de Of Montreal y vete a saber por qué me hace pensar en otra de cuarenta años antes, tal vez menos agresiva, desentrañar cada dibujito es un ejercicio más amable, pero que guarda con esta una misteriosa hermandad. Es Jardim Electrico, cuarto disco de Os Mutantes, aparecido en 1971. Temazos como «Baby» o «El justiciero» están ahí. Y mira tú por dónde me entero de que el cantante de Of Montreal tiene a Os Mutantes en un pedestal, influencia clave en sus trabajos, y cosas de la vida, me entero también ahora de que Os Mutantes, más bien sus restos, van a tocar muy pronto en la fría ciudad donde vivo acompañando a Ariel Pink. La de casualidades que pueden salir de una portada.

[Autora del texto: Olvido Rellanos]

viernes, 29 de octubre de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #4: hoy lo cuenta Míner

No sé si he entendido bien el juego, pero como creo que va de portadas de vinilos (concretamente, ya sé que va de portadas) tiro de la nostalgia y de la cubierta de Yo, mí, me, contigo, disco de 1996 de Joaquín Sabina.

Sabina es más de la tierra que el schotis, la guitarra y los lunares juntos, pero fue la primera música que escuché por cuenta propia (al margen de las Spice Girls, todos tenemos un pasado).

La carátula no me llamó la atención nunca por el supermontaje gráfico de las piernas de señorita de Sabina, ni por la mesa del mismo color que el fondo. Lo grandioso es poner por escrito lo que todos habíamos pensado siempre: los pronombres personales son pornografía literaria. Eso sí, no quiero imaginarme la portada de un posible "yo, mí, me, conmigo".

Ahora me estoy dando cuenta de que para entonces yo era algo así como una tierna infante salida de ocho años, pero como nunca lo dije en voz alta no tengo testigos.

Creo que vale la pena rescatar cosas así, aunque el blog de Gog vaya más por otro lado, si tenemos en cuenta que en la voz cazallera de Sabina lo de "y sin embargo un rato cada día te engañaría con cualquiera, te cambiaría con cualquiera" hasta se permite.

Nota mental: no intentes eliminar las comas de la portada entornando los ojos.

(Autora del texto: Minerva Campos, del blog Sinruedecillas, de momento en pausa.)

miércoles, 16 de junio de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #3: hoy lo cuenta el Tapir Nicanor

Era el paso del vinilo al cedé. En Pryca (el antiguo Carrefour) se debieron de volver locos y sacaron todas sus existencias vinileras a la venta. A precios de risa. Yo no tenía un duro, pero incluso para un pobretón aquella era demasiada tentación. Muchas veces me los compraba por ecos lejanos o, simplemente, por las portadas. Recuerdo en especial dos. Una, el Rank de The Smiths. Conocía a los de Morrissey, por mucho que no tuviera nada suyo. Pero aquella portada, aquella cara plateada levemente silueteada sobre blanco. Era demasiado bonita. Daba igual si luego no me gustaba. Daba igual si, ya por aquel entonces, no era muy fan de los directos. Sólo mirar aquella imagen valía lo que costaba (confieso que hice trampas: cambié el precio, una etiquetilla azul bastante fácilmente despegable por otra igual de menor precio).

La otra, la del primero de Violent Femmes. No tenía ni idea de quiénes eran esos tipos. Ni idea. Pero aquella niña asomada a la ventana... Y esa contra... Y los títulos de las canciones... No me lo pensé mucho. Fue mi compra del mes. Y fue mi disco de muchos meses. Me veo agarrando la funda en una pezuña y escuchando esa cosa. Mi madre decía que sonaba como una jaula de grillos. Tan nueva, tan desconocida.

(Autor del texto: el Tapir Nicanor [Hoy puede ser un gran día])

sábado, 5 de junio de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #2: hoy lo cuenta Miguel Sáez

Hace ya años que adquirí esta rareza sesentera a través de la reedición de Radioactive Records. Lo compré a ciegas porque, como bien dice Gog, bastaba con esa portada.

Poco se sabe o, al menos, poco sé yo de Steve Morgen más allá de que sólo grabó este LP en 1969. Ni siquiera Vernon Joynson le dedica más de cuatro líneas en esa enciclopedia del garage y la psicodelia norteamericana de los sesenta que es el Fuzz, acid and flowers. Como se puede leer allí, el disco, a pesar de no ser nada del otro mundo, contiene “some superb psychedelic guitar work and powerful drumming” que en ocasiones, y esto ya lo digo yo, puede resultar cansino, pero que en ciertos temas alcanza cotas absolutamente memorables. Siempre he pensado que su primer corte, «Welcome to the void», es el antepasado más cercano del potente «21st Century Schizoid Man» de los arduos King Crimson, pero la gema del album está en «Purple». Desde que escuché este disco estoy esperando a que el productor carroñero de turno o unos Propellerheads al uso escuchen ese ritmo de batería para transformarlo en temazo de pista de baile. Joya absoluta que me ha encandilado desde la primera escucha.

Por si entra curiosidad, YouTube asiste:
http://www.youtube.com/watch?v=yJIoEzVJxQE
http://www.youtube.com/watch?v=ayCPQaoGT2M&feature=related

De la portada, qué decir. Que sí, que el mérito no es del señor Morgen sino del pintor noruego pero, teniendo en cuenta la cantidad de ácido que podemos suponer que recorría el cuerpo de Don Steve por aquellos días de 1969, no le podremos poner pega. Creo que cualquier enamorado del vinilo acogería semejante carpeta en su discoteca. O si, como es mi caso, encima el disco te gusta, no podrá evitar adquirir la versión en picture disc, preciosidad visual donde las haya.

¿Qué opinaría el señor Munch?


(Autor del texto y evío de ilustraciones: Miguel sáez)

sábado, 29 de mayo de 2010

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #1: hoy lo cuenta Evaristo Aguirre

Recuerdo perfectamente la impresión al ver esta portada del tercer (creo) trabajo discográfico de Desechables. Hubo una primera casete, lugo un single y un elepé, que fui comprando religiosamente. ¡Claro que me gustaba esa música cruda, un poco mal tocada, con ecos de los Cramps y los Stooges! Pero no puedo ocultar que ella, Teresa se lllamaba la cantante, me producía una turbación tremenda. Me ponía nervioso; en directo ya ni te digo: cosas de la edad, de los genes... Y publicaron Buen ser-vicio, con esta foto... Como para no comprarlo. ¿Dónde estará esta mujer? ¿Qué habrá sido de ella?

(Autor del texto: Evaristo Aguirre)