martes, 29 de noviembre de 2011

Discos con portada con discos #37

Presidente: ¿Dónde fuiste Simón Jean? (La Produktiva Records, 2010)

Badly Drawn Boy: One Plus One Is One (XL, 2004)

domingo, 27 de noviembre de 2011

Las cosas del directo #22 // Debut #42

El Primavera Club es un juego. Quien comprenda eso disfrutará mucho más de un festival itinerante (itinerante sobre todo para los asistentes), en el que como si se tratara de una ginkana hay que intentar pasar unas pruebas para al final comprobar quién ha podido asistir a más conciertos. Primero debes canjear la entrada por una pulsera en un punto determinado; después comienza un de aquí para allá, de sala en sala, exasperante. Si se le permite el chiste a Gog, es un puro festival underground, pero más por la cantidad de veces que hay que montar en Metro.

Lo bueno que tienen los festivales es que es una buena manera de conocer directos de bandas a las que no irías a ver en condiciones normales. Y quien haya asistido a algún festival sabe muy bien que suele ocurrir que grupos en los que tienes depositadas ciertas expectativas patinan y te decepcionan, y al contrario, te sorprenden para bien grupetes por los que no hubieras apostado jamás aunque te pasaran el soplo de que eran un caballo ganador seguro.

En este último caso se encuentra Gog con Still Corners y Givers, de los que había escuchado sus discos de debut pero que no iba a desgranar en En Esta Quiero Humo. Ambos se lo han ganado ahora.

La inglesa Tessa Murray es el proyecto de diva que da alma a Still Corners. Extrañamente, han publicado Creatures of an Hour (2011) en un sello guitarrero por excelencia como SubPop, cuando su dream pop etéreo y vaporoso encajaría sin fisuras en el sello 4AD. Hay temas en el álbum expansivos y profundos, muy bien estructurados, perfectos para estados de acurrucamiento.

Still Corners - Cuckoo by subpop

Aunque el set a veces fue un poco deslavazado por los kilos de pregrabados que traían, tan necesarios para crear esos ambientes oníricos y flotantes, consiguieron enganchar al personal con una propuesta esforzada y creíble. Versionearon el «I’m on fire» springsteeniano en las coordenadas gélidas propias del palo que tocan.

El sorpresón fue ver cómo Givers, quinteto de Lafayette (Louisiana), daba vida a In Light (Glassnote, 2011), un disco muy plano y demasiado lastrado por el referente Vampire Weekend que no refleja el contagioso vitalismo y las excelentes dotes que la banda tiene en directo, donde lo parten. Comandados por un eternamente sonriente Taylor Guarisco, una maravillosa criatura nacida para la música llamada Tiffany Lamson (voz, segunda batería, percusiones mil y ukele) y el poderoso bajista Josh Leblanc, convencieron al público de que si se les había colocado en horario estelar era por algo. Lo dieron todo —la actitud, estúpido, la actitud—, y salieron por la puerta grande. Hicieron una lógica versión de The Talking Heads.




jueves, 24 de noviembre de 2011

...Y ellos se juntan #48 // Preparados para un solo de órgano #5 // Gastan gafas #42: About Group

El a priori lo tiene todo para molar:

El cantante de Hot Chip + el batera de This Heat + el teclista de Spiritualized = About Group se han metido en los estudios de Abbey Road para grabar su segunda colaboración juntos, Start & Complete (Domino, 2011).

La realidad es que parece más un álbum de Alexis Taylor (el gafotas de Hot Chip), que lo compone todo, lo canta todo y se encarga de que su Wurlitzer y su Hammond pueblen todo el disco, acompañado de unos músicos de sesión.

En un solo día grabaron estos catorce bonitos medios tiempos de tintes espaciales y flotantes, un fluir sonoro sosegado y en calma, ambiental. El conjunto únicamente se ve sobresaltado por ese delirio improvisado de once minutos que es «You’re No Good», uno de los mejores temas junto a «Don’t Worry».

02 About Group - Don't Worry

martes, 22 de noviembre de 2011

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #11: hoy lo cuenta Polidori

La historia de una portada me manda hacer Gog que en mi vida me he visto en tanto aprieto.

Una entre decenas de miles. Menuda elección. ¿A qué apelar, al sentimentalismo, a la importancia histórica, a su calidad artística? Son muchos años de ver portadas, de manejarlas, de manosearlas para decidirse por una sola. Si al menos fuesen diez, o veinte. Cabrían entonces portadas sublimes, portadas cargadas de emociones y recuerdos. Pero sólo puede quedar una, cual highlander mandoble en manos.

Tendré entonces que descartar los paisajes oníricos de Echo & the Bunnymen, el Avalon de Roxy Music, aquella cessepeada portada de Golpes Bajos, el escorzo del Deep de Peter Murphy, la bolchevique Construction Time Again de Depeche Mode, los ídolos cinematográficos de The Smiths (y su legado en Belle & Sebastian), la motera Steve McQueen de Prefab Sprout, la rotundidad del One True Passion de Revenge, el chandaleo arreglao pero informal del Walking Wounded de Everything but The Girl, las trendies (así, en general) de Björk, la neoyorquina (lástima del Loriga) Foreign Land de la Rosenvinge, la roja pasión de To bring you my love de P.J. Harvey, o por qué no esa oda a la maternidad del Simple Pleasure de Tindersticks. Tantas y tantas inolvidables...

Son muchas las portadas con historia, y muchas las historias sobre portadas. Como aquella en la que mi hermano, el que fuera mi “líder espiritual” (todos tenemos alguno) y experto en el arte de comprar discos por sus portadas, consiguió que el huraño encargado de La Metralleta (para los profanos, una tienducha de discos de segunda mano a la que acudíamos todos los compradores compulsivos de discos de parco bolsillo, incluido un tal Paco Clavel) se tragara que un vinilo con una sugerente rubia de aspecto sofisticado (y de cuyo nombre no puedo acordarme) era en realidad un disco de la novia de Elvis Costello, con el que, sin por supuesto serlo, consiguió un ventajoso trueque por un plástico sin duda más valioso.

Pero Gog quiere que cuente la historia de una sola portada muy especial para el que suscribe, así que habrá que afinar y pensar en aquellas que han marcado mi trayectoria como aficionado enfermo de música. Y si hay un momento y un lugar que han hecho de mí el melómano que soy, ése no puede ser otro que el Manchester (Madchester) de finales de los setenta y principios de los ochenta; y más en concreto una banda que marcó definitivamente mi paso de la despreocupada e inocente infancia a la atormentada adolescencia: nada más y nada menos que Joy Division.

Todo comenzó con un viejo número (cuántas veces me he arrepentido de no haberlo conservado) de una magnífica revista de la época, Sur ExpreS, en la que se publicó, allá por mediados de los ochenta, un especial sobre lo que vino en llamarse “neorromanticismo”, y cuya mirada se adentraba desde los albores del movimiento romántico del XVIII y XIX (el de verdad) hasta los rostros de líderes de bandas de polvos blancos en la cara y pelos lacios tan del gusto del momento, sublimados en el que sería uno de mis artistas favoritos de todos los tiempos, David Sylvian, el conspicuo y atildado frontman de Japan.

Dentro de la vorágine de nombres y pelos encrespados aparecía, de forma sucinta, la historia del mártir por excelencia del “movimiento”, aquel Ian Curtis que lideró la desaparecida Joy Division, y que se suicidó por una mezcla de hastío vital, desequilibrio emocional, empanada sentimental y hartazgo en su condición de epiléptico. Y para ilustrar su historia aparecía, en todo su esplendor, la portada de un maxisingle (qué arcaico queda ya esto) con un ángel recostado y exangüe en blanco y negro, sobre fondo negro infernal y unas rotundas letras mayúsculas blancas, enmarcado todo en un discreto cuadrado también blanco. El título, uno de los más espléndidos que para una vibrante a la par que dolorosa canción de desamor se haya escrito jamás: “Love will tear us apart”. Ese vinilo, esa portada, fue mucho más que una portada para mí. Llegué a fotocopiarla para forrar con ella la carpeta que osé llevar, como un estandarte, durante los primeros años de mi aventura universitaria. Fue, además, un disco difícil de conseguir, un pequeño trofeo que guardé con esmero; uno de esos discos “de importación”, con lo que eso conllevaba. La imagen en sí, elegante, sobria y discreta, ofrecía un verdadero contraste con el brillo sonoro del tema, que camuflaba una letra cuya intensidad era la habitual en las composiciones de los Joy. La portada original de la época, aún en vida de Curtis, era un simple cartón de color hueso con el nombre de la canción y el número de serie del sello Factory (“A Factory Record- Fac 23”) en una discreta tipografía mecanografiada.

La “internacional”, que es la que nos ocupa, salió mucho más tarde, evidentemente bajo la influencia de la ola hagiográfica posterior a su muerte. Así, era más pertinente darle al disco un motivo más fúnebre, y de ahí la portada, que tiene mucho que ver con la celebérrima Closer, el elepé póstumo del grupo, en la que aparecía un pétreo cortejo fúnebre que parecía acompañar al difunto Ian, recientemente desaparecido.

Nunca supe si mi afición por los cementerios vino por esa portada, así como esa querencia por la asfixia existencialista del bueno de Curtis, pero sé que esa imagen pesó tanto o más en mi ánimo que la espléndida y tantas veces traída y llevada canción. Todavía hoy me sigue llamando la atención cuando repaso mi viniloteca, o cuando la veo impresa en camisetas en algún concierto de esos que me retrotraen a aquellos otros de antaño.

Tanta y tanta música, querido Gog.


Joy Division - Love Will Tear Us Apart por hushhush112

[Autor del texto: Polidori]

lunes, 21 de noviembre de 2011

5 sobre... #15: muñecas hinchables

Por uno de esos azares azorosos que suelen sobrevenir de vez en cuando, Gog se ha topado este año con dos textos —extraños, inquietantes, personalísimos— con un mismo leitmotiv: la relación erótico-obsesiva de sus protagonistas con unas muñecas.

El primero, escrito por el uruguayo Felisberto Hernández, fue el relato «Las Hortensias». Resulta desasosegante y perturbador leer cómo Horacio, el personaje principal, da instrucciones precisas a un fabricante de muñecas para convertirlas en «mujeres».

El otro, del gran Ramón Gómez de la Serna, es un capítulo de la novela El incongruente (Blackie Books, 2010). Ramón era un maravilloso escritor aunque no un excelente novelista. Era un fraseólogo, todo lo tapizaba con frases ingeniosísimas y llenaba las páginas de greguerías, que eran como grafitis literarios pintados en las hojas blancas de un libro. En El incongruente se encadenan las andanzas sentimentales de un soltero empedernido, Gustavo, una especie de don Juan surrealista. Una de estas aventuras transcurre en un pueblo habitado por una sola persona y multitud de muñecas de cera; Gustavo se enamora de una las muñecas y está a punto de casarse con ella.

Y ayer, para terminar de cerrar este círculo casuístico o casualístico y decidirse Gog a convocar aquí el asunto, le aparecieron reordenando cajas viejas casetes grabadas por él en lo que debió de ser otra vida. En una de ellas estaba «Muñeca hinchable» de la Orquesta Mondragón, lo cual le llevó a Gog a meditar un rato sobre que este no es un tema demasiado tratado en la música.

En el cine sí ha sido un tema mucho más utilizado. Por quedarnos con una de aquí aunque esté grabada en París: la increíble, oscura y terrorífica Tamaño natural (1983), de García Berlanga.

En Aterriza como puedas, al asunto se le dio un giro más: un muñeco hinchable.

sábado, 19 de noviembre de 2011

A la tercera va la vencida #15: The Donkeys

The Donkeys han descubierto el pop y la psicodelia; o al menos, si no se trata de un descubrimiento per se, de lo que sí se trata es de que ahora han incorporado estos elementos a esa línea de sus dos primeros discos que iba a través de los parajes sonoros a lo Creedence y The Band.

Hay un ciento de detalles en Born With Stripes (Dead Oceans, 2011) que merecen la atención. Ese auuuuu de los coros en el primer tema secundando un punteo de guitarra feliz:

The Donkeys - Dont Know

O ese otro riff felicísimo que baña el siguiente corte («I Like The Way You Walk»), tema que si lo hubieran firmado unos tal Wilco el mundillo musical que tanto los ensalza estaría con la baba caída. La pandereta de «Bloodhound». «Born With Stripes» suena a unos The Faces redivivos; aquí con un solo de guitarra exaltado y un teclado vacilón sosteniendo la melodía. En «Kaleidoscope» aparecen los primeros síntomas de psicodelia, desatados definitivamente en el último corte de la cara A –«West Coast Raga»– y en el que cierra el álbum –«East Coast Raga»–, ambos con su bien de sitar y doce cuerdas. E idénticos patrones disfrutables en la cara B, con otra enorme canción incrustada en medio («Oxblood»), o la preciosa «Valerie», en la que parecen Ray Davies cantando con The Eagles.

La portada del álbum tal vez no es demasiado afortunada. Estos cuatro chicos de San Diego no son cool, ni atienden a patrones moderniquis. No les mueve otra cosa que hacer música disfrutando ellos mismos. Son unos clásicos. Tocan con exquisitez y sapiencia. Es su tercer y más afortunado intento. Y el mundo no se enterará.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ette aquí #31: The Masterettes

The Masterettes existieron pero no. Cuatro amigas del insti en Queens, siguiendo la estela de sus compis The Masters, decidieron formar una de esas bandas vocálicas de chicas de la década de los sesenta, a la que llamaron The Masterettes. La novedad era que el abandono de una de ellas coincidió con que su banda hermana The Masters andaban a la greña, así que uno de ellos, Herb Rooney, les dejó para unirse a las entonces tres chicas. En contra de lo que pudiera suponerse, él no fue la voz principal arropada por los coros de las chicas, sino que pasó a formar parte del coro. La voz solista la llevaba Brenda Reid, que tenía una fuerza arrolladora y en cuya garganta cuajó el tema que Leiber y Stoller compusieron para el grupo, el famoso «Tell Him», después de verlos en una audición. Eso sí, Leiber y Stoller les sugirieron otro nombre artístico, The Exciters, con el que grabaron aquel tema en 1962 y entraron en la historia.



Como The Exciters tuvieron una larga carrera; les duró hasta bien entrada la década siguiente. Y aunque siempre serán recordados por el tema con el que debutaron —se ha incluido en numerosas bandas sonoras—, lo cierto es que consiguieron varios éxitos más en las listas de nothern soul («Do Wah Diddy Diddy», por ejemplo).

Por si aún queda alguien por aquí que quiera leer el final de la historia, Reid y Rooney se casaron. Se separaron en los ochenta; él montó una empresa de cosméticos, mientras que ella años después volvió a poner en marcha unos nuevos Exciters con miembros de su familia.

martes, 15 de noviembre de 2011

Género chico #17 // Las nuevas aventuras del llanero solitario #20: J'aime

Ha concluido la hermosa colección de singles del sello Jabalina. Hablando de ello el otro día Gog y un amigo, coincidían en que no parece haber sido suficientemente ponderada esta aventura comercial y que de haberse publicado el mismo producto en otros lares, tal vez habría obtenido un reconocimiento más amplio. El contenido de la colección gustará más o menos, pues aunque les une la temática, la puesta en escena, como no podía ser de otra forma, es muy variada; pero quedará para el futuro como un cancionero ibérico muy digno y curioso.

El caso es que para Gog coincide el final de la colección con el single que más le ha gustado de todos. Jaime Cristóbal, el responsable mayor del dúo pamplonica Souvenir, se presenta en solitario aprovechando la coyuntura, aunque la otra parte, Patricia, colabora en alguno de estos cuatro temas con coros y tocando el autoharpa. Llevado de su querencia por lo francés, se ha bautizado J'aime, que viene que ni pintado como broche final de la colección.

Sin embargo, como suele ser ella la que lleve la voz cantante y aquí es él el que lo hace, su probablemente menor destreza con la pronunciación francesa, o simplemente para diferenciarse más de la banda madre, le ha hecho decantarse por el inglés en tres temas y en español en el último.

Para hacerse una idea de por dónde ha decidido adentrarse Cristóbal en lo musical, diremos que todo está muy vestido con el pedal steel y el lap steel. O sea, predominan los ambientes fronterizos y desérticos.

«My Cigarrettes» se presenta con unos rasgueos iniciales bellos y seguros que atrapan a la primera. La otra canción de la cara A, «Combex Doll», contiene un monocorde pero hipnóptico y sugerente teclado (*).

El vinilo es de color gris.

Es este también un buen momento para volver a recomendar el instructivo blog «radiofónico» de Cristóbal: Popcasting.

(*) Nota: se trata de un teclado Microkorg XL replicando el sonido de un Wurlitzer. El propio Jaime Cristóbal se ha encargado de facilitarle a Gog los datos técnicos. Muchísimas gracias por la aclaración.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Las nuevas aventuras del llanero solitario #19 // El porqué de mis peinados #16: Eleanor Friedberger

En cuanto abre la boca Eleanor Friedberger, y eso ocurre desde el primer segundo del álbum, ya sabemos de quién se trata, por si había alguna duda: la vocalista de los extraños y sinuosos The Fiery Furnaces.

Esta vez ha querido volar sola. Y lo hace con canciones más cadenciosas, de estructuras menos enrevesadas, que las que construye en el grupo con su hermano. Sigue habiendo ese pianillo desenfadado y garboso que también les identifica, pero las ambientaciones son menos nerviosas y están más floreadas. Ese piano está, por ejemplo, en «Scenes from Bensonhurst», que es una de las canciones más bonitas que ha cantado (y en este caso, compuesto) Friedberger.

Eleanor Friedberger - Scenes from Bensonhurst by MergeRecords

Ponemos también el pulgar hacia arriba por los toques funky de «Roosevelt Island» y por los punteos tropicales de «One-Month Marathon» (otra preciosidad) que iluminan a la letanía monocorde del teclado. «I Won’t Fall Apart On You Tonight» es lo más parecido a un hit que tal vez pueda crear esta gente.

Los fanes del grupo lo disfrutarán. Quienes no los conozcan, si consiguen acoplarse al tono de voz de Friedberger, se llevarán una grata sorpresa con Last Summer (Merge, 2011).

Y ese pedazo de flequillo que le cubre la cara sigue intacto.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Las nuevas aventuras del llanero solitario #18 // Faropedia #11 // Sales en mi canción #38: Mark Nevin

Puede quedar un poco viejunillo ponerse a hablar de un antiguo semihéroe de los 80, pero es que el continente que rodea al álbum Stand Beside Me In the Sun (Raresongs, 2011), de Mark Nevin, está provisto de un puñado de ingredientes que se cocinan mucho en este blog.

El faro de la portada es la primera señal.

Además, se trata de un regreso en solitario, pues Nevin era el líder de The Fairground Atraction, un grupo de un solo éxito junto a Eddie Reader (con gafas de lectora), pero qué éxito:



Sus muy esporádicos discos desde entonces no significa que Nevin esté algo desvinculado del mundillo musical. Nada de eso: compone habitualmente canciones para otros artistas, desde Morrissey (entre 1991 y 1993) a Carole King.

Y finalmente, en Stand Beside Me In the Sun hay un tema dedicado al líder de The Kinks. Así que aunque todo el contenido del disco, un folk sencillo y amable, no emocione demasiado a Gog, por esa estupenda pieza costumbrista titulada «I Know Where Ray Davies Lives» merece la pena darle una escucha completa: He lives round the corner from me / Up in Highgate, dicho esto mientras el protagonista de la canción está viendo un partido de fútbol en un pub y Davies le pregunta si está libre el asiento de al lado o mientras se tomá un capuchino en un café del barrio. ¡Quién pudiera verse en una así!



Por cierto, Jeremy Messersmith también se acordó el año pasado de The Kinks:

She weaves a beat through Kinks and Deep Purple covers (en «Knots»)

Y aunque parezca mentira, los carpetovetónicos Coz hicieron otro tanto de lo mismo en la indescriptible «Ivonne»: Me hablaste de los Kinks y de la libertad.

lunes, 7 de noviembre de 2011

A mí no hace falta que me cambies el plato #20: Matthew Herbert

Del cerdo, hasta los andares. Parece que los ingleses tienen una opinión parecida al respecto. Algunos, incluso, creen que los cochinos pueden servir como materia musical. Quizá el caso más conocido sea el álbum de Pink Floyd Animals (1977), donde no sólo aparecía en la portada un cerdo volando entre las chimeneas de una fábrica (*) sino que al gorrino le dedicaban tres de los cinco temas.

Ahora ha sido el geniecillo de la electrónica Matthew Herbert el que ha hecho música partiendo de la temática porcina, en una gesta radical (experimental se queda corto) consistente en grabar el ciclo vital de un cerdo —desde que nació hasta que un año después 16 chefs lo cocinaron y un centenar de comensales se lo zamparon—, con sus gruñidos y oinks oinks capturados en la pocilga y entremezclados con pasajes musicales electrónicos compuestos para la ocasión por Herbert. Eso es One Pig (Accidental, 2011). Podríamos discutir si llamar música a esto no es una generosidad descabellada; lo que Gog puede asegurar después de escucharlo es que hay piezas emocionantes (el nacimiento, por ejemplo) y que hay algo fascinante en todo ello que te anima a prestar atención al menos una vez. Otro asunto es quién puede querer comprarse algo así.

Tranquilos los preocupados por los derechos de los animalillos: las estrictas leyes inglesas al respecto le prohibieron grabar la muerte. Eso sí, durante el banquete —cada uno de los chefs se encargó de guisar una parte; el experto porcino Fergus Henderson, por ejemplo, se encargó de la cola— quedó bien registrado cómo el personal le daba a las mandíbulas para triturar la carne del animal y deglutirla.

Parece que a partir de ahora habrá que distinguir entre música para carnívoros y para vegetarianos.

(*) Adenda: Una amable comentarista, mucho más sabia que Gog, ha precisado que la portada del álbum de Pink Floyd no es una fábrica, sino la central eléctrica de Battersea (Londres), que también sale en el Help! de los Beatles.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Goguerías #10

> Otoño, suicidio vegetal.

> Lo suyo es moderno natural.

> Los músicos suelen hacer las cosas por bemoles.

> Damos y caballeras...

> Recuerdos de infancia: sepo, sopa, sapo, sepu.

> Hay cosas que van despacio pero con pausa.

> Trabalenguas:
Lo que digo que hagas es que, hagas lo que hagas, no me digas lo que hagas cuando hagas lo que hagas.

> Calzarse las nalgas: ponerse ropa interior.

> ¡Cómo me puse de reír!

> La mano del trombonetista va y viene sin saber nunca dónde quedarse quieta.

> En esta vida, el teorema que realmente conviene saber es el de Tales y Cuales.

> —¿Qué tal va todo?
—Más o menos mal.

> Au revoir (despedirse a la francesa).

> Un whisky que no suele faltar en ninguna casa: el Scotch Brite.

> Leche de soja: ¿por dónde ordeñarán a esa planta?

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿Qué se sabe de los belgas? #15: Mièle

Mièle - La chose by humptydumptyrecords

Chula, ¿no? Qué buen ritmo de batera y qué contagioso riff de guitarra, ¿verdad?

Es el tercer corte de Le jour et la nuit, el álbum que los belgas Mièle publicaron el año pasado y que ahora la distribuidora Green Ufos trata de introducir en estas tierras de bárbaros.

Gog ha hecho un poco de trampa escogiendo ese tema para presentar el disco, pues sin duda es la pieza más movida y vitaminada de las diez que lo componen. Pero la línea más frecuentada en él es la que va entre la chanson y el pop más delicados, muy parecidamente al précieux L’heroine au bain (Naïve, 2003) de Olivier Libaux (el de Nouvelle Vague).

Se alternan voces masculinas y femeninas. Sonido entre angelical y sensual, más luminoso de lo que pueda parecer. (Aviso a navegantes: álbum que gana a cada escucha, por si a la primera se te ha puesto cara de malhuele.)


martes, 1 de noviembre de 2011

Letras sin acordes #8 // El porqué de mis peinados #14

Lamento que andes metida en un tornado (p. 33).

Está el boxeo y están los diferentes tipos de peinados.

Bowlcut ('pelocasco'), Bunn ('moño'), Bangs ('flequillo') son apellidos de algunas de las chicas que aparecen mencionadas en la novelita epistolar del músico estadounidense Bill Callahan, Cartas a Emma Bowlcut (Alpha Decay, 2011).

Y sí, el arte de sacudirse sopapos con unos guantes que no dejan enhebrar una aguja es el otro hilo conductor que se estira a lo largo de las 62 breves epístolas que el protagonista, un científico a la deriva personal, le envía a la mencionada Emma, de la que se ha enamorado en una fiesta pero a la que no es capaz de hablar.

Tampoco el lector oirá hablar a Emma en estas misivas. Es únicamente la voz del protagonista desgranando sus deseos y frustraciones; poco a poco lo vemos liberarse de sus demonios, de su soledad, tratando una vez más de no volver a caer en la acostumbrada derrota. Y Bill Callahan tejiendo el conjunto con un estilo a la vez frío pero profundamente sentido. No siempre consigue encandilar y a veces se hace complicado sumergirse en ese mundo extraño o extrañado, tan personal, del autor. Por esta vez, con el intento le vale.